Un día, volviendo de casa de la abuela, el coche no tenía gasolina y paramos en una estación de Repsol.
Papá fue a pagar y había un gato pidiéndole caricias a toda la gente en la puerta. Blanco y precioso, lo cogimos y lo metimos en el coche, se asustó y... ¡Se puso a correr y a arañar el coche!
Le abrimos la puerta y se fue. Me puse muy triste; pero al día siguiente compramos un transportín y nos fuimos.
Después de jugar en el parque, empezó a hacer frío y encontramos una bola de pelo a lo lejos, y mamá se metió en una parcela de una nave y la cogió.
Como ya teníamos un gato, la llevamos a una protectora, que nos devolvió el transportín con el gato dentro.
Después de una cuarentena, aquella gatita se convirtió en afrodita. ¡Qué cariñosa es ahora!
Valentina
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